'Cambio de Agujas' diez años después de ser ordenado sacerdote

Don Roque Jiménez comenzó a acercarse a la Iglesia en su adolescencia, cuando un nuevo párroco llegó al pueblo. Descubrió su vocación sacerdotal y entró al seminario, pero recibió algunos malos ejemplos que le hicieron daño. Llevaba una vida muy mediocre, lejos de lo que debe ser realmente un sacerdote. Un amigo decidió ayudarle y su vida comenzó a cambiar radicalmente.

Testimonios

Vídeo y texto tomado de Archimadrid Roque Jiménez: 'Cambio de Agujas' diez años después de ser ordenado sacerdote

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El P. Roque Jiménez tiene 39 años y nació en Villena, un pueblo de la provincia de Alicante. Recuerdos «religiosos» de su infancia solo tiene el de una monjita de la guardería. La catequesis, entre que le estropeaba el sábado y que solo hacían «dibujitos», tampoco le aportó mucha formación religiosa. Fue por primera vez a misa para su Primera Comunión, y no volvió en años… Un perfil al que podrían unirse tantos de nuestros niños y adolescentes de hoy. Sabía que tenía que haber algo más en esta vida, algo que realmente le llenara… pero no lo encontraba, y se conformó con «vivir cada día. ¡Nada más!».

A Roque le cambió la vida el momento en el que el sacerdote tomó la tiza y comenzó a escribir una sencilla frase en la pizarra

Pero un día, Roque tenía ya dieciséis años, descubrió que había en el pueblo un cura nuevo, joven y tímido… A Roque le cambió la vida el momento en el que el sacerdote tomó la tiza y comenzó a escribir una sencilla frase en la pizarra: «Estábamos en el instituto y vino un día un sacerdote que había llegado nuevo al pueblo. El pobre era súper tímido pero era un cura… ¡vamos! ¡Como la copa de un pino! Llegó, y el hombre dijo: «Bueno, pues yo voy a poner una frase en la pizarra». Imagínate, a veces te lo curras un montón para hacer cien mil dinámicas y, de repente, coge una tiza y pone una frase que dice: “Yo soy aquel a quien tanto ama Jesús”. Fue como un flash para mí. “Aquel a quien tanto ama Jesús”. Y ahí fue cuando él nos invito a la parroquia, y empezó toda la aventura».

La respuesta de los jóvenes del pueblo a este curita joven y tímido fue arrolladora: «Nos apuntamos unos ochenta y tantos al grupo de confirmación de la parroquia y creamos un centro juvenil. Nos llevábamos la guitarra, cantábamos... Este sacerdote era muy piadoso y nos enseñó a confesarnos, cosa que yo no tenía ni idea. Recuerdo vagamente que para mi Primera Comunión me confesé. Nos poníamos en fila y el sacerdote estaba detrás de unas columnas y nos confesaba... Pero habían pasado años y años, y yo no sabía ni lo que era confesarme. Y ahí empezamos con él la catequesis, comenzamos un montón de cosas. ¡Era muy, muy, muy, interesante!»

Imagínate, a veces te lo curras un montón para hacer cien mil dinámicas y, de repente, coge una tiza y pone una frase que dice: “Yo soy aquel a quien tanto ama Jesús”.

El joven sacerdote, supo guiar a estos jóvenes para que llegaran a descubrir el amor que Jesucristo les tenía. Ese fue el secreto que transformó el corazón de Roque: «Yo no tenía ninguna formación, nada de nada, pero ese saber que alguien me amaba profundamente, y que me amaba sin condiciones. Quizá, por mi propia historia, por mi vida… Porque a veces parece como que te quieren, pero con condiciones. Pero alguien que me amaba profundamente… Y también el hecho de compartir con otros jóvenes. Tú vas a una parroquia y encuentras chicos y chicas. A veces, aunque solo sea por el interés de que van las chicas, tú vas a la parroquia ¿verdad? Pero entre una cosa y otra, el cura supo hacer que nos encontráramos con Dios. Al principio como un grupo de amigos, y luego la experiencia de Alguien que te ama profundamente. Y ahí comenzó toda mi vida ya con el Señor».

Apenas comenzando ese camino, Roque comienza a plantearse el tema de la vocación: «Un día digo: “¡Ah! pues, ¿y por qué el Señor no me va a llamar a mí?” Y empecé a pensar: “¿Y si el Señor me llama?” Y entonces entré en una capilla. Había ido a ver a mi abuelo, que estaba enfermo y estaba en el hospital. Cogí una estampa que había por ahí que ponía: “Pídase la gracia que se desea obtener”. Era la estampa de una sierva de Dios, que creo que no está ni beatificada, pero que le debo mucho también. Y dije: “Yo quiero tener vocación”. Yo había escuchado la palabra vocación, y lo primero que se me ocurrió pedir fue la vocación. Pues nada, dicho y hecho: ¡vocación! Y claro, y la vocación ¿a dónde? Y le empecé a decir a mi cura: “Yo, me gustaría ser moje”. Luego, a los cinco minutos, decía: “Seré misionero”. Un poco como Santa Teresita, que ella quería serlo todo en la Iglesia, ¿no? Hasta que un día dije: “Voy a entrar al seminario”. Y se lo dije al cura, que ya era otro cura distinto, le dije: “Quiero entrar al seminario”. Y entré al seminario. Pero así, a la aventura. Como no me decidía por nada, ni por una Orden ni por otra, dije: “Pues nada, diocesano”. Y mientras estudie allí, ya pensare dónde me llama Dios”».

Roque comienza a plantearse el tema de la vocación: «Un día digo: “¡Ah! pues, ¿y por qué el Señor no me va a llamar a mí?” Y empecé a pensar: “¿Y si el Señor me llama?”

Roque entró con 18 años en el seminario, pero no se sentía en su lugar para nada: «Cuanto más tiempo pasaba, más decía yo: “¡Es que no estoy en el lugar correcto! ¡No estoy en el lugar correcto! ¡No estoy en el lugar correcto!” Y nada, no me convencía. Quizás porque la imagen que yo tenía de sacerdote era más bien la vida religiosa, los frailes con el hábito, los monjes, aquellos misioneros, la vida contemplativa... Y claro, al entrar en un seminario donde éramos noventa y ocho, en Orihuela, luego estaba aparte Alicante, que eran treinta o cuarenta. Y entonces, imagínate noventa y ocho hormonas con patas ahí metidas. Bueno, era increíble. Yo decía: “Madre mía, pero ¿dónde me he metido yo?”. No es que yo fuese ahí vamos santo Dominguito Savio, ¿no? Pero, bueno, al final te metes y eres uno más. Pero no, aquello no me gustaba».

Con toda esa revolución de sentimientos en el corazón, Roque se acercó un día a la playa. Sentado sobre una roca, tuvo una experiencia decisiva: «Estaba sentado en las rocas y... ¿Cómo explicarlo para que nadie se haga una imagen rara? Sentí en el corazón que el Señor me decía: “Serás sacerdote diocesano para siempre, y todo lo que no sea ser sacerdote secular diocesano, no vendrá de Mí”. Y entonces, yo dije: “Pues que sepas que lo acepto porque viene de Ti, pero que no me gusta”. ¡Y no me gusto! Y tardó muchos años en gustarme, incluso después de haber sido ordenado».

Sentí en el corazón que el Señor me decía: “Serás sacerdote diocesano para siempre, y todo lo que no sea ser sacerdote secular diocesano, no vendrá de Mí”

El periodo del seminario fue muy duro, porque experimentaba que la única opción era conformarse con una vida mediocre. Pero esa decisión destrozaba el corazón de Roque. Ya sacerdote, todo comenzó a cambiar con la secularización de otro sacerdote: «Me destinaron a una parroquia de vicario parroquial. Estuve tres años allí. Pero, a los tres años, mi compañero, uno de los compañeros del pueblo, se seculariza. Y el obispo me pide: “Bueno, como la gente del pueblo se lleva muy bien contigo y has conectado muy bien con la gente del pueblo, la mejor solución es que te bajes a la parroquia y que te hagas cargo de ella”. Y con veintiocho años me nombraron párroco de una parroquia de 7000 habitantes. Y tuve que ir allí y allí estuve siete años de párroco. Ahí es donde sucedió mi cambio de agujas».

Humanamente hablando, era una locura darle una responsabilidad tan grande a un joven sacerdote de tan solo veintiocho años. Sobre todo cuando, como le pasaba a don Roque, el sacerdote tiene conciencia de no estar siendo un buen sacerdote: «Sabía que yo no estaba viviendo mi sacerdocio como tenía que vivirlo. ¡Imagínate! ¡Ni vestía de sacerdote! Incluso, a veces, me había hecho unas mechas en el pelo, otra vez me hice incluso un tatuaje. A veces llegaba tarde a Misa. Nunca me sentaba a confesar. No sé, era hacer de todo menos lo que ser propiamente un sacerdote. Y así aproximadamente durante ocho o nueve años».

«Sabía que yo no estaba viviendo mi sacerdocio como tenía que vivirlo. ¡Imagínate! ¡Ni vestía de sacerdote!»

Dios se valió de un instrumento providencial para tocar el corazón de don Roque: «No voy a dar muchos detalles de la persona que puso Dios en mi camino, pero bueno, conocí a una persona y le dije: “Te tienes que confesar”. Había llevado una vida bastante difícil y bastante ambigua en muchos sentidos. Se confesó. Eso había sido casi al principio de mi ministerio sacerdotal. Cuando yo llevaba ya en la parroquia cinco o seis años, entonces él apareció y me dijo: “¿Te acuerdas de aquella confesión? Pues vengo a devolverte el favor. No te veo bien, lo siento, pero no veo que estés viviendo el sacerdocio como tienes que vivirlo. Roque, algo te pasa. Vas mal, por donde vas, vas muy mal. La gente ya se ha dado cuenta por donde vas, vas mal”. Me propuso tomarme un café pero ¿el café dónde iba a ser? Pues en un centro del Opus Dei. Bueno, tal vez por prejuicios o por historias, lo que menos piensa un cura que va con vaqueros, camiseta, un tatuaje y demás, es acabar en un centro del Opus Dei».

«Tal vez por prejuicios o por historias, lo que menos piensa un cura que va con vaqueros, camiseta, un tatuaje y demás, es acabar en un centro del Opus Dei»

En el Centro del Opus Dei fue recibido con los brazos abiertos por un sacerdote mayor que le abrazó mientras le decía: «¡Hombre, Roque, qué alegría!»: «De repente, caí de rodillas, me confesé, creo que hice una buena confesión. Y ahí pues ¡imagínate!, realmente fue lo de “sueña y te quedarás corto”. Toda mi vida comenzó a cambiar radicalmente».

Al poco, su obispo le propuso ir a estudiar a Roma. El seminario necesitaba un profesor de Teología espiritual. Y allí llegó don Roque, que de ser el párroco y responsable de todo en la parroquia, se volvía a sentar en un pupitre para comenzar aprendiendo italiano como si volviera a su primer día de cole. Fue un tiempo trascendental: «En el tiempo de Roma pedí la admisión como agregado del Opus Dei». Don Roque no sabía ni a qué se comprometía, pero sabía que si San Josemaría había estado metido en su Cambio de Agujas, se tenía que fiar de él.

Fue un tiempo trascendental: «En el tiempo de Roma pedí la admisión como agregado del Opus Dei»

De regreso a Alicante, el cambio era evidente: Don Roque comenzó a vestir de sacerdote; creció su amor por la Eucaristía, que se manifestaba en su forma de celebrar; se sentaba en el confesionario y pasaba largos ratos de oración ante el Santísimo, rezaba la Liturgia de las Horas: «Cuando volví de Roma, el obispo me nombró párroco de San Juan de Alicante. Es una ciudad de 26.000 habitantes. Y me encomendó que diese clases de Teología espiritual y el Secretariado de Pastoral de la Salud. Junto con eso, tengo un canal de youtube que se llama Master Church donde, cocinando, hacemos entrevistas a la gente. Tenemos un proyecto que se llama Proyecto Etcétera, trabajo también para Radio María… Es algo que, de verdad, jamás me lo hubiera imaginado. Antes, para hacer dos cosas, era imposible llegar. Y ahora, de repente, mi vida con oración, con piedad, con formación, con dirección espiritual, pudiese llegar a tanto, tanto, tanto. O sea, fue lo de “sueña y te quedarás corto”».

Antes, para hacer dos cosas, era imposible llegar. Y ahora, de repente, mi vida con oración, con piedad, con formación, con dirección espiritual, pudiese llegar a tanto, tanto, tanto

Don Roque es profesor de Teología espiritual pero lo tiene muy claro, una cosa es estudiar Teología espiritual y otra cosa es tener experiencia del misterio: «Si no tienes experiencia del Misterio, si no tienes experiencia de Dios no sirve de nada, es que no sirve de nada. En cambio, cuando tienes experiencia de Dios, te fascina».